SER PADRE Y TENER TOC

Ser padre y tener TOC es sufrir a todas horas. No, con esta sentencia mi intención no es impregnar este texto de dramatismos o alarmismos  ni mucho menos, porque  deciros que momentos maravillosos de un padre con TOC los hay y muchos. No obstante, el compañero de viaje, el intruso, el que se coló en tu fiesta de cumpleaños para siempre y sin invitación…sigue ahí.

En la crianza de mis hijos, mi TOC es lo más parecido a tener al increíble Hulk en mi interior, al furioso dragón que duerme debajo del castillo de “La bella durmiente”, al archienemigo número 1 casi noqueado, atontado o descansando, pero que sabes que cualquiera de ellos 3 aparecerán en cualquier momento para ponerte las cosas muy difíciles.

Exacto, algo así como el puto Freezer de “Bola de dragón”…que siempre vuelve.

Por una parte está en cómo mis hijos conviven con mi TOC, es decir, esa cotidianidad de repeticiones, obsesiones y continuos rituales. El tardar 8 horas en salir de casa mientras todos están abajo esperando, el tocar madera desesperadamente al hablar de cosas feas que puedan pasar, el ponerme histérico cuando me vienen mis hijos sonrientes con hierros oxidados en sus manos y convirtiendo mi mente en una cadena de imagenes perturbadoras…El estar delante de la cocina comprobando una y otra vez que todos los fogones del gas están a 0 mientras tu hijo te pregunta: ¿Papá, qué estás contando?

Por otro parte está en cómo YO gestiono mi TOC en el día a día de la paternidad. Porque si ya de por sí gestionar una rabieta o un conflicto puede ser complicado, porque si ya de por sí la crianza es maravillosa y complicada (maravillosamente complicada), pues  si además tienes TOC, la cosa se complica.

El TOC, o mejor dicho mi TOC consiste en eso: En visualizar sin límites, en imaginar sin barreras, en ponerse en lo peor. De ahí que cada vez que mis hijos se suben a un tobogán o en una casita de madera de esos parques tan modernos de hoy en día (buff, ya hablo como mi padre, me hago mayor), los visualize cayéndose al suelo llenos de sangre, de ahí que cada vez que mi hijo dice de ir solo a comprar el pan, me imagine que lo raptan y se lo llevan para siempre, de ahí que cada vez que hacen esas extraescolares tan “tranquilas” como hockey o escalada, me los imagine en el suelo y con un desfibrilador en sus diminutos cuerpos…Y así podría seguir con un sinfín de ejemplos en los que el TOC aparece y convierte un episodio cotidiano de la paternidad, en un episodio desagradable para mi mente, impidiendo en muchas ocasiones que la gestión o la vivencia de la situación sea placentera.

Y sí, haciendo demasiado real todas esas horribles imagenes…

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El TOC también se gusta con  la acústica de los parques, de las fiestas de cumpleaños o de un grupo de niños jugando alegremente. Incluso el lloro de un bebé o niño puede ser mi mayor pesadilla. Es como si con esas risas, gritos o llantos, despertaran al dragón de “la bella durmiente” y le incitaran a sacar el fuego destrozando todo lo que tuviera a su alrededor.

Aunque lo peor que llevo es la gestión de los gritos, las palabras feas, los enfados en el hogar. Es algo que me supera, que me invade, que vuelve como Frezzer una y otra vez. A veces consigo volverme  un superguerrero y vencerlo, acabar con él, y que impere la tranquilidad, que imperen los ejercicios de la psicóloga Roser, el “respira” de Miriam Tirado. Otras veces no, y es entonces cuando después de haber tenido un episodio desagradable en casa, me vuelvo a mirar al espejo y me digo a mi mismo que eso no ha estado bien y que puedo hacerlo mejor, mucho mejor.

Sería muy cobarde y miserable por mi parte achacar mis malas gestiones al TOC, que cargue él con el muerto y yo salir de rositas…No. El TOC no ayuda nada, absolutamente nada, pero para eso la psicóloga me dió unas pautas para controlarlo y para eso soy yo el adulto que tiene ganas de hacerlo mejor y aprender de los errores.

A veces,  analizo cada gesto, cada acción, cada palabra de mis hijos, con el continuo miedo a que tengan un compañero de viaje como yo, y aunque nada me hace sospechar  que puedan tener TOC ahora o en un futuro, el solo imaginarlo reconozco que me da miedo. Y entonces durante unos minutos me agobio, me rallo y me cago en todo, pero al momento todo baja y le doy la vuelta a la tortilla y es que, en el hipotético caso que alguno de mis hijos algún día le diagnosticaran TOC…¿quién mejor que yo para ayudarles en el camino?

Se puede ser padre y tener TOC. Se puede ser feliz y tener TOC, porque el TOC, al igual que la paternidad, la crianza y la vida…es un continuo aprendizaje.

Sigamos pues viviendo, disfrutando, sufriendo de vez en cuando y sobretodo: Aprendiendo.

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